Clones, gemelos
Por: Héctor Abad Faciolince
El Espectador 18 Mayo 2013 - 2:35 pm
Eso que
los creyentes llaman Dios, y los naturalistas Naturaleza, vive creando réplicas
todo el tiempo: clones de plantas, clones de insectos, clones de mamíferos.
Incluso clones humanos, pues los
gemelos homocigóticos son exactamente eso: clones recíprocos, cada uno de su
mellizo. Lo raro es que si Dios o la Natura nos clonan, esto les parece muy
bien a obispos y naturistas, pero si un científico se atreve a replicar algo, les
parece una aberración, un pecado y un peligro.
Esta semana se supo que un grupo de
científicos de la Universidad de Oregon consiguieron hacer una clonación de
tipo terapéutico al tomar células de la piel de un bebé de ocho meses, unirlas
a un óvulo donado y crear un embrión genéticamente idéntico al bebé (hasta el
nivel de blastocisto), del cual se pudieron sacar células madre que tal vez
creen un tejido sano que reemplace un tejido enfermo del niño. Por supuesto las
reacciones escandalizadas de la Iglesia no se hicieron esperar ni tampoco las
de los devotos de la Madre Naturaleza, que en este punto de la clonación se dan
la mano para hacer creer que este tipo de experimentación es inmoral.
Cada vez es menos cierto que para que
nazca un nuevo ser humano sea siempre necesaria la intervención de un óvulo, un
espermatozoo y un útero. Por ahora este es el método más fácil, más seguro y
más entretenido. Pero las técnicas de fecundación asistida y, en el futuro, la
clonación reproductiva, harán repensar muchos de los estrechos conceptos
filosóficos en los que nos movemos respecto a la reproducción y a la vida.
No es impensable, ni nada
desagradable, considerar que por ejemplo una pareja de lesbianas pueda llegar a
tener una hija mezclando el material genético del óvulo de una de ellas con
células de alguna parte del cuerpo de su pareja, hasta obtener así una
descendiente que sería genéticamente de las dos. ¿Alguien se atrevería a no
querer a esa niña por el simple hecho de que nació gracias a técnicas de
clonación? No hay ningún método afinado y seguro para esto, pero si con el
tiempo se pudiera lograr, ¿qué habría de malo en hacer nacer así a una niña?
Incluso una pareja de hombres
homosexuales podría llegar a tener un hijo que fuera genéticamente de ambos,
aunque por ahora parece imposible que la gestación pueda hacerse fuera del
útero, con lo que la ayuda de una mujer receptora sería indispensable todavía.
En fin, la creencia de que para reproducirnos se necesita necesariamente el
concurso de un coito, un hombre y una mujer, es cada vez menos cierta. Este
seguirá siendo el método preferido y el más fácil para la gran mayoría de los
seres humanos, pero que se abran otras opciones es una maravilla.
Algo raro es que estos avances en la
clonación humana, probablemente no van a darse en el Occidente cristiano, sino
en las sociedades budistas del Lejano Oriente. Para el budismo, que admite la
reencarnación y la repetición de ciertos ciclos naturales, hacer la réplica
idéntica de otro ser humano no es ninguna monstruosidad. Por eso algunos
científicos occidentales que no encuentran en Estados Unidos ni en Europa quien
los financie, están emigrando a esa otra parte del mundo.
Si bien es cierto que la diversidad
genética es muy útil para la salud y la adaptabilidad de cualquier especie, la
clonación de tejidos humanos (órganos de reemplazo perdidos por enfermedad o
accidente), o incluso la clonación ocasional de personas completas (por ejemplo
si unos padres quieren volver a tener “el mismo” niño muerto en un accidente),
no me parece que tenga nada inmoral. Estas nuevas posibilidades no deberían ser
satanizadas; ¿quién dijo que hacer gemelos sólo les está permitido a Dios y a
la Natura? Eso mismo se pensaba del fuego y hoy cualquiera lo lleva en el
bolsillo.
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